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Ciego de Ávila | Salud en Cuba
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Ciego de Ávila

MI TRANSITO TERRENO. Segunda Parte.

 Por: Dr. Jesús Bravo Espinosa.                                                                                                                

Después de la vacunación, cartas de Salud Pública proponiéndome la dirección del Hospital de Camagüey que rechacé- después del Hospital de Ciego de Ávila, que también rechacé argumentando Yo  adolecía del ingrediente necesario para dirigir algo, que no fuesen mis propios pasos-.     

     Llega el ataque a Playa Girón, un jeep del ejército se detiene en mi bohío, Dr. Bravo Ud. ha sido designado médico de un batallón de apoyo en Girón, con el grado de teniente. ¡Caray qué honor que me hacen! Me hizo recordar los últimos días de la dinastía Romanov, año 1917. Rusia en plena revolución, el Zar Nicolás II abdica a favor de su hermano Michael II – Caray qué favor me hace mi hermano- los bolcheviques asesinaron al zar y a su familia para después encargarse del desafortunado Michael II.

Pedí dos horas para despedirme de mi familia, “doctor de aquí a Girón, lo sentimos mucho” me responde el militar que hace de jefe. Al llegar me recibió el capitán Genio, asesino de la Sierra Maestra y ayudante de Raúl Castro, guajiro alto, delgado, de ojos azules, penetrantes y por supuesto analfabeto. Me muestra la metralleta y el uniforme de teniente que debo usar, “lo siento capitán, el bisturí y el estetoscopio o la metralleta y  prefiero los primeros”. El capitán algo molesto me dice “A Ud. también le van a disparar” -me dijo- “A no dudarlo capitán y además prefiero mi ropaje de médico rural”. Fueron 45 días indescriptibles de un médico en un batallón cuyo capitán y soldados lo consideraban apático a la Revolución ¡no podían rotularme de otro modo!

     Al día 45 a las  2 de la mañana me va a buscar al batallón un jeep del G-2 (DSE) y sin mediar palabra durante todo el viaje, me llevan a la comandancia provincial. El capitán Genio había informado a sus superiores los episodios que me tipificaban como desafecto a la Revolución.  En presencia del comandante, éste se banqueteo halagándome con todo tipo de improperios, vilipendiándome y vituperándome, vociferando que me iba a fusilar. Yo estuve calmo todo el tiempo, confiando bajaría el voltaje de afrentas, hasta que no pude más y más alto le grité, lanzando el jipijapa al suelo –que me fusilara-.

En eso surgió la voz salvadora del jefe de Medicina Rural que había sido invitado por el comandante y yo lo conocía del Hospital “Calixto García”, por supuesto, tan comunista como el comandante mismo. “No le haga caso comandante por favor este médico tiene un excelente expediente en la medicina rural y yo le garantizo a Ud. que no es contrarrevolucionario”. “Entonces retíralo de mi presencia” y de nuevo me devolvieron al Batallón.     

   Termino la medicina rural y fui a La Habana a recuperar la plaza en el Hospital “Calixto García”, pero ya la había perdido en manos de médicos revolucionarios. Entre 1963 y 1966 comienzo a ejercer en Ciego de Ávila; fueron tres de los años  más felices de toda mi historia. Mi consulta siempre llena en las tardes; por las mañanas en el Policlínico, pagando las guardias del hospital al Dr. Aragón.      

     Conozco a una jovencita de 17 años, estudiante del Instituto, tez rosada, inocente, dulce y tierna como jamás conocí, ¡era tierna y pura como el Ave María! Visito su casa tratando a su padre de un infarto del miocardio. Día a día en la puerta de su casa me despedía, imbuidos de esa dulce y extraña sensación que nadie jamás ha podido definir. Visité su casa como novio por primera y única vez en mi vida. Más nunca visité casa alguna en calidad de novio. La única novia, sin mimos ni pasión, solo era amor.

Por mi culpa, por mi grandísima culpa, por mi mea máxima culpa, como un relámpago en cielo claro y estrellado, se interrumpió el amor por poco usarlo, solo mi inmadurez de aquellos tiempos pudiera explicarlo. Fue aquel noviazgo fugaz como susurro sin luz y sin aliento. A muchos les habrá sucedido cosa igual, pero yo llevé en el pecado, en el mío propio……sempiterna penitencia.

     Ha pasado un tiempo prudencial, casi dos años, es domingo en la tarde y voy a la matinée del Iriondo, me detengo un rato en la taquilla, “no señorita yo no soy un médico espiritista”. Ya me lo habían preguntado varias veces. Entro, luces apagadas, recorro el pasillo en total oscuridad, con mi mano izquierda tanteo y logro encontrar un asiento libre y me siento. Acto seguido murmullo y cuchicheo de las chicas de alante y detrás. Ya puedo atisbar a mi alrededor las chicas volteaban la cabeza, pero ¡Dios mío! me he sentado al lado de A……, este asiento seguro es de su novio que aún no ha llegado o habrá salido tal vez de momento a algún lado. La adrenalina, noradrenalina, ácido vanillyl mandélico y 33 derivados corticales más se vertieron en mi circulación, sudoración profusa, casi me da un síncope, me levanto a duras penas y arrastrando mis pies, salgo por donde mismo entré, no me detuve hasta Honorato Castillo 110 Norte, nuestra casa. En esa época era yo emperador de la timidez a escala mundial.        

     Pido permiso de salida, la jerarquía del Partido y Salud Pública se quieren reunir conmigo: el jefe del partido, el Dr. Navarrete, el Dr. Castellanos, la Dra. Forn, etc. Me piden reflexione (de ahí vienen las reflexiones de Fidel), y reconsidere no abandonar el país, que yo era un médico producto de la Revolución, así me dijo el jefe del Partido. Señor, yo estudié durante la dictadura de Batista (debí decir la petit dictadura) con múltiples becas, la Revolución me quitó la plaza en el Hospital “Calixto García”, ganada por expediente y actualmente les trabajo gratis. “Doctor la Revolución es muy rica para que Ud. le trabaje de gratis”. Pues sepa que soy más rico que la Revolución, les veo 20 turnos en el Policlínico todos los días y, mi salario se lo entrego entero al Dr. Aragón por las guardias del Hospital ya que debo acompañar a mi madre por las noches por mi hermano enfermo.

Al otro día inicie mi castigo en Guayacanes y después 6 años en Baraguá, arropado por sus amables coterráneos.    

     Ahora estoy en el cuerpo de guardia del Hospital de Baraguá, son las 2 de la tarde, entra el capitán Botello con su grupo de acólitos, había sido rozado en la cara por una hoja de caña. Salud Pública nos había enviado un memorándum días antes –todos los pacientes que necesiten suero antitetánico después de las 12 M deberán regresar al día siguiente de 8 a 12 M. La enfermera lo cura y le dijo que volviera al día siguiente por el suero antitetánico. No lo hice porque el señor representaba la antítesis de lo que ideológicamente pensaba de la A a la Z, era por el memorándum aplicable a todos los ciudadanos de a pie en el Central Baraguá y por extensiva a su propia persona. Dos horas después el Dr. Navarrete (director municipal de Salud Pública) aparece en el Hospital reprochando a la directora la actuación mía negligente con el capitán Botello. Después de salir el Dr. Navarrete, la directora me cuenta el motivo de su visita. Acto seguido le dije que cuidara mi guardia que iba en mi carro por el Dr. Navarrete. Salgo a toda velocidad y lo paso en la Carretera Central y tuvo que detenerse, lo saqué del auto por el cuello ante los ojos atónitos de él mismo y de sus acompañantes, dos de ellos, amigos míos, me conminaron que lo soltara con la misma tonadita de siempre- que me podía costar la salida- lo que allí expresé a gritos solo lo saben ellos y ……la Carretera Central.

     El 9 de enero de 1971 a las 4:00 am, los pacientes esperando fuera del Hospital para turnos; 6 años de castigo, 1 año de medicina rural, 45 días en un batallón sin interludio entre tanta desesperanza y abismal espera. Concibo la idea de volverme loco, no de hacerme el loco, que para volverse loco solo es menester pretenderlos, del resto se encarga el sistema solar hormonal. Piñazos, golpes de todo tipo a las paredes divisionales se suceden acompañados de gritos y exclamaciones. El administrador del Hospital: “Bravo contrólate que te puede costar la salida” La salida, siempre la salida, para un castigado la salida implicaba sumisión, servilismo, miedo inusitado, claudicación del estereotipo que tipifica tu personalidad, incondicionalismo, conversión total y absoluta en una masa amorfa, en fin, la no persona.  Los pacientes afuera comenzaron a corear y gritaban en mi defensa, me apoyaban se sentían identificados con mi decisión de no trabajar para el tirano ni un día más.

Una hora después llega el G-2 (DSE) de Ciego de Ávila con Osbel Rodríguez, yo trataba a su familia en Ciego de Ávila, “Bravo arregla todas tus cosas que te vas mañana para Varadero, tu salida llegó hace dos años, pero estuvo retenida por Salud Pública”.

     El 11 de enero caminaba por las calles de Miami, pero recuerden: no siempre volverse loco da idénticos resultados….. (Los electroshocks).

Hago el curso de la Escuela de Medicina para el examen “Foreign”, dos  veces me llevan al podio a felicitarme por haber alcanzado el 1er. Lugar. Saco el Board de La Florida y el Board Nacional de Medicina Familiar, el mismo año. Dos veces se me ofreció en el Hospital Mercy el puesto de Chairman del Departamento de Medicina Familiar, pero nunca acepté. Trabajé 28 años en mi oficina y en el Mercy Hospital (donde actualmente soy Médico Honorario) y me retiré en el año 2002.

Final.

Foto: Portada del Libro:  Peripecias de un médico rural en la Cuba de los Castro y mucho más.

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MI TRANSITO TERRENO. Primera Parte.

 

Un testimonio sobre las amargas experiencias por las que pasó un médico cubano en la primera década de la Revolución. Su autor, el doctor Jesús Bravo Espinosa nos presenta el fatídico devenir de un médico cubano que, estudia en la Escuela de Medicina y se ve sorprendido por una revolución que traía en su entramado tenebroso la violación del derecho. Las difíciles circunstancias de los médicos que fueron enviados a cumplir el Servicio Médico Rural y las azarosas condiciones de aquellos que pedían la salida del país; esto último una situación que los llevaba a experiencias limites en el trato cruel inhumano y degradante a que eran sometidos.

MI  TRANSITO  TERRENO. Primera Parte

Por: Dr. Jesús Bravo Espinosa*                                                                                                                

     Nací hace mucho tiempo en el Barrio “José Miguel Gómez”, municipio de Ciego de Ávila. Mi padre Román Bravo, era bodeguero de una sucursal de “La Comercial” del Central Stewart. Hogar humilde, rico en buenas costumbres y elevados principios; una hermana menor Bárbara, mi madre enclaustrada y sufrida por la enfermedad de mi hermano mayor Antonio; diagnosticado a los dos años de epilepsia, cuyos estatus epilépticos se sucedían con mucha frecuencia debido a la limitación terapéutica de los tiempos.

     Al terminar el 6to. Grado por consejos del maestro público, Pastor Águila, paso a la Escuela Primaria Superior de Ciego de Ávila. Allí hice el 7 y 8 grados y con el promedio de 99.91 en los exámenes para así obtener una beca para estudiar en Ceiba del Agua. Bastaron solamente 4 días para estar de regreso al terruño, porque mi sueño era estudiar Medicina y no estudios en una Politécnica. Matriculé en el Instituto de Segunda Enseñanza de Ciego de Ávila para cursar el bachillerato. Una vez finalizado me traslado a La Habana y me matriculo en la Escuela de Medicina. Me habían dado una beca del Municipio de 45 pesos mensuales, justo lo que cobraba la casa de huéspedes, por alojamiento y comida; de mi padre recibía lo necesario para cubrir el resto de mis gastos.

     En el tercer año de la carrera, la asignación mensual de la beca se esfumó y me di a la tarea de buscar una clínica donde trabajar. Ledón y Uribe (situada en Masón y San Rafael) fue esa clínica. Allí me daban alojamiento y comida amén de otros ingresos. Esta clínica se dedicaba al tratamiento de los “accidentes de trabajo”. En 5 año recibo una beca de la Escuela de Medicina con residencia en el Hospital “Calixto García” por mi expediente universitario; el beneficio venía acompañado de 85 pesos mensuales, alojamiento y comida, estos últimos jamás los utilicé ya que no eran comparable a los de la Clínica. 

     Por esos días y por embullo me presenté en el programa “Buscando Estrellas” de José Antonio Alonso y gané con la canción “Lágrimas Negras” dos semanas después en el canal 12 de TV hago una presentación en el programa de Fernando Albuerne y con la canción “Prohibido”gano el primer premio que repito también en la eliminación final. Esto hace que el Diario de la Marina ponga mi foto en “La Farándula” y me da Beca para estudiar solfeo y canto con el profesor Mariano Meléndez –tenor de la década de los veintes- y la pianista-arreglista Ángela Touza me preparó 12 números para emprender una gira junto a otros cantantes por Suramérica. Desistí del viaje en aras de la medicina, que fue siempre…… mi prioridad.

     Termino la carrera y por expediente tengo plaza de médico en el Hospital Universitario “Calixto García” mi deseo era seguir la carrera docente en el mismo Hospital, pero la dictadura tenía otros planes conmigo y me enviaron a la Medicina Rural por un año. Allá voy y heme ahora ahí en una esquina interior de un motor de línea que me lleva a mi destino rural…….Cristales (al norte de Majagua). La parte envolvente de mi figura llevaba de envoltura un trajecito negro, un tanto corto, de italiano corte con saco de redondeados bordes. A mi lado mi fiel compañero, flamante y reluciente maletín de médico que agarraba con las dos manos y que aún…..me parecían pocas. Este maletín me lo regalaron los amigos de mi pueblo después de mi graduación en homenaje “muy merecido que lo tengo” parafraseando a Miguel de Unamuno “La Generación del 98” que así le dijo al Rey Alfonso XIII en la entrega de sendos diplomas. Todos los que le antecedieron dijeron que el “honor era inmerecido”-  Unamuno replicó: “Su Majestad cada cual, con su verdad, ellos con su verdad y yo con la mía.”

     A los viajeros de aquel motor les parecía increíble que aquella figura extra planetaria, peripatética, pudiera suplantarles a sus excelsos curanderos (3 estrellas Michelin-3 estrellas Palace). Pues bien, aquel decimonónico motor de línea emitía estrambóticos ruidos; yo pensaba que eran las paralelas sobre las que se deslizaba, en lugar de líneas paralelas que por más que se prolonguen jamás se encuentran, estas se encontraban y desencontraban y aquel motor a no dudarlo, se iba a desarmar.

Pues bien, al llegar al fin a Cristales me alojaría en la casa de la dueña de los motores de línea, Adela, señora muy religiosa de aspecto virginal y maternal de exquisito trato que cohabitaba con las dos maestras rurales designadas a aquella región y justamente en frente del pequeño bohío donde tenía la oficina el “doctor”. Son las 10 de la noche, tocan a mi puerta, se desdibuja en el umbral de esta la figura de un guajiro y su yegua, me vienen a buscar, pasando quizás por delante del curandero de guardia……. su madre casi muere de incontrolables diarreas por 24 horas. Tomo dos sueros y debo subirme a la yegua flaca y demacrada detrás del señor, a horcajadas, sobre los huesos de las caderas del “Rocinante”.

    El sendero era abrupto y accidentado y por lo mismo la pobre yegua no se pudo lucir ante el extraño, con el paso fino sevillano que tanto había ensayado para la ocasión. En su andar una cadera subía la otra abajo -puro cachumbambé- al médico no le alcanzaban las manos para desesperadamente asirse a la anatomía del guajiro por donde acertara, casi todo el tiempo en el aire sin poder posar sus glúteos en la piel del jumento, loco por precipitarse al abismo que esperaba con los brazos abiertos. 45 minutos después estoy en el cuarto de la paciente, era una viejita bien entrada en años, por no mejor decir, bien salida en ellos. Yacía la casi fallecida en una colombina sin apenas moverse por las molestas contracciones musculares y calambres que se sucedían paroxísticamente. Un presto ayudante lanza una soga sobre el caballete para tratar de colgar el suero, no acierta y aquel mecate grueso se estrella contra el rostro de la infeliz agonizante, por fin con más cuidado acierta el señor, yo adivino una vena y ya está corriendo el líquido a toda velocidad. Le pongo un enema, que había en aquella época, de unos “polvos blancos astringentes” con un efecto de tapón de corcho. No podía irme hasta poner un segundo suero, que garantiza el trabajo y me dirijo a la habitación contigua, sala de recepción, con piso de tierra, encaminando mis pasos hacia el taburete pegado a la pared de yaguas. Súbitamente y en medio de la penumbra emerge una mano con un frasco de esmalte blanco y me brinda un poco de licor de mujer embarazada, malta con leche condensada. Yo que hacía rato mediaba sin éxito en cierta reyerta de mi intestino grueso con el delgado, me dije “quizás sea debilidad” pues desde que cogí el motor hasta ese instante solo agua había ingerido. Apresuré la bebida y pronto vislumbré el fondo de blanco esmalte, levanté la vista y observo por encima del jarro que varios vecinos y amigos, sentados en taburetes, me miraban bostezando y tragando en seco, disputándose en el subconsciente mi brebaje de gestante tan apetecido por ellos.

     Instalo el 2 suero, adiestro al señor del mecate de cómo retirar el suero y regreso al bohío en la misma yegua y pensando “cuan equivocados están todos con este particular medio de transporte y solo me falta….. un año”. Llego al bohío y heme allí sentado en una letrina sanitaria con las mismas diarreas de la viejita. Por fin terminó “la guapería intestinal” y me dije “verdad que no son tan feas las letrinas sanitarias”.

 Pocas semanas después descubro una incipiente epidemia de poliomielitis que reporto a Salud Pública y me envían mil vacunas inyectables.  En un jeep salí con dos guajiritos, después de enseñarlos a inyectar en mis propios deltoides (músculos del hombro), en tres días agotamos todas las vacunas en Cristales, La Reforma, Juan Criollo, Las Alicias, Arroyo Blanco, etc. Ya terminando la vacunación y subiendo una loma el jeep, que no tenía frenos ni emergencia, el motor se detiene súbitamente, los guajiros se tiraron fuera y dejaron solo al capitán del barco. Gracias a un enorme tronco se detuvo el jeep con tal estrépito que salí catapultado por sobre el parabrisas para aterrizar en el Hospital de Ciego de Ávila. Aquello que allí llegó era cualquier cosa menos médico, pantalones a raya verticales, camisa de rayón, botas que aun llevo puestas y sombrero jipijapa, amén de una cara cubierta de sangre, heridas contusas en frente y nariz, sucio y desvencijado. Me recibió el Dr. Ravelo, había que ver su simpática cara, pícaros ojos con gafas y negro mostacho, todo un poema escrutando al recién llegado para poderlo ubicar o era un australopiteco extraterrestre venido de saber Dios de qué ignota Galaxia o simplemente un carretero acabado de alzar una carreta de caña quemada del Central Stewart. ¡Cualquiera de ellos a perturbar mi paz solo ha venido!

Continuara………,

*El Dr. Jesús Bravo Espinosa es médico graduado de la Facultad de Medicina de la Universidad de la Habana. Obtuvo plaza en el Hospital General Universitario “Calixto García” que le fue negada más tarde. Se dedica a la práctica de la Medicina en Cuba durante el Servicio Médico Rural y en Ciego de Ávila, Cuba. Se radica en Miami, FL y completa sus exámenes de revalidación de su título con excelente desempeño. Ejerce la medicina por 28 años y es nombrado Médico Honorario del Mercy Hospital. Se reirá en el año 2002. Reside en Coral Gables, Miami. FL.

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Un Hospital no provincial.

Un Hospital de la red de salud en Cuba que debiendo ser Provincial (esto en la Provincia de Ciego de Ávila) no es provincial en el sentido de la palabra y en su funcionamiento. Esta nota la recibimos por correo electrónico desde Cuba y la incluimos en nuestro Blog. La información dice así:

En el directorio de Instituciones de salud de la red Infomed del Ministerio de Salud Pública de Cuba, definen el  Hospital General Provincial Docente de Ciego de Ávila, Antonio Luaces Iraola, y el Hospital General Docente Provincial de Morón, ambas instituciones encargadas de bridar asistencia médica especializada, preventivo curativa a la población en todas las especialidades y todas las especialidades quirúrgicas. Sin embargo, es algo que precisamente no funciona así.

El Hospital General Provincial Docente “Antonio Luaces Iraola”  es el único hospital localizado en una cabecera provincial ( ciudad principal )  que no brinda el Servicio de Neurocirugía; los pacientes deben ser trasladados al Hospital General  “Roberto Rodríguez”  de Morón, donde se brinda el servicio para toda la provincia.

El Hospital General Dicente “Roberto Rodríguez “en  Morón, Ciego de Ávila,  fue diseñado y construido con los materiales destinados a un Hospital Provincial para esta provincia en la década de los 80; para ello la dirección política del Partido Comunista en la provincia de Ciego de Ávila determinó que se construyese en la ciudad de  Morón debido a que más del 50 % de la población de la provincia radicaba en el norte y los  municipios estaban bien comunicados con la ciudad de Morón. De esta forma la construcción del Hospital  General Provincial Docente “Antonio Luaces”  se retardó y paralizó en diversas ocasiones. Desde hace algunos años se han acometido obras de ampliación y modernización del Hospital “Antonio Luaces” , sin embargo, no brinda servicios de Neurocirugía a pesar de contar con el Centro Oftalmológico Provincial y la Unidad Pediátrica Provincial, hecho que limita su denominación de Hospital General. En la ciudad de Ciego de Ávila se localizan además, la Universidad de Ciencias Médicas José Assef Yara, el Centro Auditivo Provincial y el Laboratorio Provincial de Ortopedia.

Hospital General Provincial Docente “Antonio Luaces Iraola
La población en la provincia de Ciego de Ávila  según se estimaba en 431 048  habitantes en 2014. De ellos, 151 010 habitantes en la ciudad de Ciego de Ávila, lo que representa  un 35% del total, mientras 67 875 en la ciudad de Morón, para un 16%. El Hospital moronense atiende actualmente a pacientes de los municipios: Florencia, Chambas, Ciro Redondo, Primero de Enero, Bolivia y el propio Morón, cuya población total asciende a 194 720 habitantes, el 45 % de la población de la provincia. El Antonio Luaces atiende a pacientes de los municipios: Majagua, Venezuela, Baraguá y el municipio cabecera, cifra que asciende a 236 328 habitantes, el 55% del total. A pesar de ello, el Servicio de Neurocirugía se brinda a toda la provincia en la ciudad de Morón, a donde han tenido que mudarse especialistas formados fuera de la provincia y con residencia en la cabecera provincial – ciudad de Ciego de Ávila-  para evitar los viajes diarios entre ambas ciudades distantes algo más de 35 kilómetros.
Hospital General Docente “Roberto Rodríguez “en  Morón
La planificación actual del Ministerio de Salud Pública y la Dirección Provincial de Salud en la provincia, han concebido, unido a la mejora constructiva del Centro de Especialidades del Hospital Antonio Luaces, la introducción de una consulta de Neurología y un laboratorio de Neurofisiología. Sin embargo, no prevén la introducción de la actividad quirúrgica de esta especialidad en este Hospital. Ello limita la asistencia urgente de este centro hospitalario, ubicado en la cabecera provincial y a escasos metros de la carretera central nacional, en la que numerosos accidentes tienen lugar cada año. Por ello, es el primer centro asistencial en recibir estos accidentados, y sin poder atender traumatismos craneoencefálicos se remiten los afectados al  Hospital “Roberto Rodríguez” de Morón, distante en el norte de la provincia, lo que resulta lamentable y contradictorio para los especialistas del Hospital Provincial de la ciudad cabecera. A pesar de ello, la dirección de salud no se hace eco de estos contratiempos.
Con la llegada del Periodo Especial a Cuba, luego de la caída de la antigua Unión Soviética, se paralizó la construcción del Hospital Pediátrico. Una majestuosa estructura convertida hoy en apartamentos familiares. Es así que Ciego de Ávila es la única provincia del país que no cuenta con un Hospital Pediátrico. Los casos son asumidos por ambos hospitales en Ciego de Ávila y Morón. Una provincia además que solo destaca en pocas especialidades, la más destacada: Ortopedia y Traumatología.


El deterioro en todas la instalaciones era patente, por ello el Ministro de Salud en su última visita a las instituciones en la provincia, urgió a mejorar y priorizar el proceso inversionista en obras de la salud e informó de la dotación de nuevo equipamiento para ambos hospitales. Cabe destacar que el Servicio de Urgencias en el Hospital “Antonio Luaces” solo cuenta con un equipo de radiografía, otro de ecografía y un TAC monocorte con la única capacidad de realizar tomografías de cabeza y cuello, lo que obliga a la remisión de pacientes hasta la ciudad de Morón para la realización de tomografías. Mientras, la provincia remite también a hospitales de Camagüey, Villa Clara y La Habana a pacientes necesitados de Radioterapia, casos complejos de Neurocirugía, Pediatría, Oftalmología, Gastroenterología etc.; evidenciado la poca capacidad de los centros asistenciales de la provincia.  

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Un curandero cubano, semianalfabelto sin conocimiento alguno de Medicina realiza operaciones quirúrgicas usando solo un cuchillo de cocina.

El tenebroso carnicero de San Martín.

Cerca de 3 mil 800 operaciones dice haber realizado al aire libre, sin que al parecer se presentara allí un inspector

Por: José Hugo Fernández.*

Un pobre diablo, semianalfabeto e ignaro total en medicina (a juzgar por el modo en que se expresa), interviene quirúrgicamente a miles de personas usando como único instrumental un rústico cuchillo de cocina y, desde luego, sin las más elementales condiciones sanitarias en el sitio en que lleva a cabo su carnicería.

Escalofriante resulta verlo clavando el cuchillo en los ojos, el cuello, el vientre o la columna vertebral de sus pacientes/víctimas, mientras explica, con pedestre jerga, que el espíritu de un antiguo muerto es quien dirige sus operaciones quirúrgicas, para las cuales utiliza como anestésico una mezcla de perfume, ron, cebolla y alcohol, cuya fórmula, según él, también le fue dictada por el muerto.

Preparandose para operar
Se trata de un curandero de la oriental provincia cubana de Ciego de Ávila, cuyos “milagros” ven boquiabiertos los habaneros por estos días, a través del documental “El ‘médico’ de San Martín” (Fe y misterio o el misterio de la fe), filmado por una productora independiente, subido a Youtube y que –debido a nuestra falta de acceso a internet- circula en Cuba de mano en mano en soporte de memoria flash.
El carnicero en cuestión (no parece ser un estafador, pues asegura que no cobra nada por sus servicios) se proyecta como una especie de chamán criollo. La gente hace largas colas para ser atendida por él, y no sólo los lugareños del batey San Martín, en el municipio Primero de Enero, que es donde ejerce, sino de toda Cuba, e incluso del extranjero, de acuerdo con lo que se asegura en el documental.

Cerca de 3 mil 800 operaciones dice haber realizado al aire libre, sin que al parecer se presentara allí un inspector o cualquier otra autoridad para exigirle que muestre sus credenciales como profesional de la medicina. Es algo verdaderamente insólito, si tenemos en cuenta la implacable persecución y el riguroso tratamiento que debe enfrentar cualquier cubano cuando apenas intenta vender tamales o maní tostado o aguacates, sin la correspondiente licencia.

En plena operacion abdominal.
¿Quién es realmente este hombre y qué misterio le rodea para que las activas fuerzas represivas del régimen hayan pasado por alto durante largo tiempo el grotesco espectáculo de sus “curaciones”? A juzgar por lo que afirma una de las paciente/víctimas, hace 19 años que él la operó de un riñón. De modo que el asunto tiene ya larga data. Y él mismo asevera que desde los hospitales de las ciudades de Morón y de Ciego le remiten pacientes desahuciados por sus médicos.
Al inicio del documental se advierte que éste no es apto para las personas sin fe. Pero no creo que sea por falta de fe, o de tolerancia, o de respeto ante el ejercicio del libre albedrío de las personas, por lo que uno se escandaliza ante lo que está ocurriendo en el batey San Martín. Chamanes, charlatanes, curanderos, espiritistas y fanáticos de toda laya nunca han faltado en Cuba y en todos los rincones de la Tierra. Y por supuesto que tienen su derecho a existir, del mismo modo que a sus seguidores les cabe el derecho de no ser molestados.

En  una operacion ocular.
Pero las leyes de este mundo presuntamente civilizado establecieron desde hace mucho que el derecho a ejercer la libre voluntad cesa para un ser humano justo cuando viola los derechos de otro ser. Y no podríamos negar con seriedad que, aun cuando ellos mismos lo ignoren, esos fanáticos pacientes/víctimas del carnicero de San Martín tienen derecho a que sus enfermedades sean atendidas por auténticos especialistas, con dominio de los adelantos médicos que resultan propios de la época, y no por un gárrulo ignorante, que –supongamos que con la mejor intención- les agrede salvajemente, cuchillo en mano.
¿En esto tuvo que venir a parar el mito de la potencia médica cubana? Hoy suele decirse que nuestra isla está tocando fondo dentro del espectro de los peores países del llamado Tercer Mundo. Casos como el de San Martín lo demuestran. Y hasta sugieren que inauguraremos el Cuarto Mundo, con perspectivas para el Quinto.

*Escritor y periodista independiente. Edita el Blog personal El Vagón Amarillo. Fuente: Cubanet. Las fotos fueron tomadas del documental.
A continuación incluimos aquí el documental, El medico de San Martin, con la finalidad de completar toda la información. 


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